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Descubriendo Friburgo de Brisgovia: Una puerta verde a la Selva Negra alemana

Mi primer vistazo a Friburgo de Brisgovia (Friburgo de Brisgovia) fue una fresca mañana de otoño, y debo confesar que no estaba del todo preparada para lo que esta ciudad del suroeste de Alemania me deparaba. Enclavada en Baden-Württemberg, cerca de la frontera con Francia y Suiza, esta ciudad universitaria de aproximadamente 200.000 habitantes se ha ganado la reputación de ser la Ciudad Verde de Alemania, y tras pasar cuatro días explorando su encanto medieval y sus vanguardistas instalaciones ambientales, entendí por qué.

La ciudad se encuentra en una ubicación privilegiada, siendo la capital de la región de Brisgovia y la puerta de entrada a la mítica y fascinante Selva Negra, esa legendaria extensión de hayas y abetos que se erige como el bosque más grande de Europa en su tipo. Lo que me impresionó de inmediato fue cómo Friburgo de Brisgovia logra equilibrar su encanto medieval con la tecnología de vanguardia del siglo XXI, creando una atmósfera a la vez rica en historia y vanguardista en términos de ecología y sostenibilidad ambiental en toda la Unión Europea.

Cómo orientarse en esta histórica ciudad universitaria

El centro histórico se siente maravillosamente compacto, y me encontré caminando por casi todos los lugares, dejando que las calles adoquinadas y los famosos Bächle —esos pequeños canales de agua alimentados por el río Dreisam desde el siglo XII— guiaran mis paseos. Estos canales planos y empedrados ya no son solo un sistema medieval de suministro de agua; se han convertido en una gran atracción para los niños que habitualmente compiten con barcas de madera atadas con cuerdas, con patitos de goma flotando libremente detrás. Incluso hay una leyenda encantadora: si accidentalmente pisas uno de estos arroyos, supuestamente te casarás con un chico o una chica de Friburgo de Alemania. ¡Cuidado!

La red de transporte público ofrece numerosas líneas de autobús y tranvía, aunque, sinceramente, explorar a pie resultó ser lo más gratificante. El ambiente joven y culto impregna cada rincón, y la vegetación y la frondosidad hacen que incluso un paseo sin rumbo sea un placer agradable.

Posicionamiento estratégico: dónde establecer su base

Al principio me alojé cerca de la estación de tren (excelente comunicación con todo), pero la verdadera magia residía en los alojamientos más cercanos a la catedral. El Mercure Hotel Freiburg am Münster se encuentra a solo tres minutos de los principales puntos de interés y ofrece habitaciones amplias y modernas, además de un completo desayuno buffet. Si buscas algo más acogedor y económico, el Hotel Gasthaus Schützen, en el barrio de Oberau, a unos 15 minutos a pie del centro peatonal, sirve cocina típica regional a buenos precios. Para quienes lleguen en coche, es recomendable tener aparcamiento en las afueras.

Llegando a este rincón de Alemania

El EuroAirport Basel-Mulhouse-Friburgo conecta Barcelona con vuelos directos que duran aproximadamente dos horas. Desde la terminal de llegadas, hay autobuses directos (Flixbus opera unas 10 frecuencias) que conectan con la estación central de tren de Friburgo en aproximadamente una hora. Compré mis billetes online por unos 25 euros por persona para el trayecto. Como alternativa, el autobús número 50 sale cada 10 minutos hacia la estación de tren, tarda entre 15 y 20 minutos y cuesta 6,10 CHF para adultos (los niños menores de 6 años pagan la mitad). Puedes comprar billetes en las máquinas de la parada, ya sea en efectivo o con tarjeta.

El tren tarda unos 45 minutos, lo que lo hace un poco más rápido si tienes prisa.

El encantador núcleo medieval y sus atracciones atemporales

La joya de la corona de Friburgo: la Catedral de Friburgo

Con 116 metros de altura y piedra rojiza, la torre Friburger Münster representa uno de los símbolos más importantes de la ciudad. Su construcción tardó 300 años, con la participación de múltiples maestros de obras. Milagrosamente, la catedral sobrevivió a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial cuando el núcleo circundante fue devastado. El historiador de arte Jacob Burckhardt —algunas fuentes citan a Carl Jakob Burckhardt, de Basilea— la llamó célebremente «la torre más hermosa del mundo», aunque los estudiosos debaten si estas palabras fueron sacadas de contexto.

Noventa gárgolas cumplen su función de proteger los muros del exceso de lluvia, con sus rostros grotescos sonriendo a los visitantes. El acceso al interior es gratuito, pero subir los 333 escalones (no hay ascensor) tiene un coste adicional. ¿La recompensa? Impresionantes vistas de los barrios y edificios medievales que llaman la atención y atraen miradas por toda la ciudad.

En el interior, el sobrio interior presenta vidrieras medievales que resistieron milagrosamente la destrucción de la guerra. La principal atracción turística sigue siendo la propia torre oeste, mientras que el repique de la campana del Ángelus —la Hosanna de tres toneladas, una de las más antiguas de Alemania con 750 años— marca las horas. El templo gótico, con 800 años de antigüedad, atrae a los admiradores a maravillarse con sus magníficas vidrieras y su esplendor arquitectónico.

El corazón palpitante: Münsterplatz y su mercado tradicional

Cada mañana, de 7:30 a 13:30, la Münsterplatz se transforma en el centro neurálgico de la auténtica vida cotidiana. Decenas de puestos de fruta, verdura y flores crean un vibrante tapiz, mientras los vendedores de comida sirven la legendaria Lange Rote, una salchicha de 28 centímetros que provoca el delirio tanto en locales como en visitantes. Pruébela; no se arrepentirá.

Las voces de compradores y vendedores se mezclan sin aspereza, mientras el aroma a frambuesas y especias compite con diversos aromas. ¿Pero la verdadera prohibición? Irse sin acercarse al puesto de toldos amarillos de Stefan (www.stefans-kaesekuchen.de) para comprar su exquisita tarta de queso. El bullicio de los transeúntes, el mercado junto a la catedral: es una experiencia que captura siglos de tradición en este lugar de encuentro de 800 años de antigüedad.

El almacén histórico Vermillion

El Historisches Kaufhaus, o Antiguo Almacén, de color rojo oscuro, cautiva con sus lujosos detalles. Construido a mediados del siglo XVI por Lienhart Müller, este emblemático edificio albergaba mercaderías para los comerciantes que llegaban a pagar sus impuestos. La magnífica fachada luce torretas de vigilancia y arcadas bellamente decoradas que se proyectan hacia adelante de forma espectacular.

En su interior se celebran eventos ocasionales, pero el verdadero monumento llama la atención desde el exterior. Observe la fuente Fischbrunnen, donde los vendedores de pescado lavaban su mercancía antes de venderla en los puestos cercanos. Pintada del mismo tono rojo que el Ayuntamiento, la estructura deslumbra con la decoración de su fachada, que incluye escudos de armas y esculturas en honor a Hans Sixt von Staufen, la Casa de Austria, el emperador Maximiliano, su hijo Felipe el Hermoso (esposo de Juana la Loca) y otras figuras históricas. La ornamentación dorada de sus torres y la piedra rojiza la hacen inconfundible en la Plaza de la Catedral.

Las puertas fortificadas de la época medieval

La Schwabentor, o Puerta de Suabia, construida a mediados del siglo XIII, formaba parte de la fortaleza que protegía la ciudad. Cuenta la leyenda que su nombre honra a un comerciante de sal de Suabia que, tras enamorarse durante anteriores viajes de negocios, llegó con varios barriles supuestamente llenos de dinero para comprar Friburgo. Al abrir los barriles, su esposa, poco entusiasta, descubrió que había cambiado el dinero por arena y piedras en lugar de malgastarlo todo en la compra de un pueblo.

¿El elemento más destacado? Una pequeña figura sin cuello, sentada con las piernas cruzadas en el camino de la torre, quitándose una espina del pie. Esto servía como advertencia para mantenerse en el camino correcto, alertando a los transeúntes de los peligros que acechaban a quienes cruzaban la puerta y abandonaban la ciudad. Hoy da la bienvenida al centro medieval: una torre monumental con reloj y una casa anexa con tejado vertical de entramado de madera, arquitectura típica de la antigua muralla.


Otras dos puertas permanecen en la ciudad: la Martinstor (Puerta de San Martín) y la Puerta de Breisach. Estas reliquias del pasado te transportan a través de calles empedradas y pintorescas fachadas que conducen al corazón de la Plaza de la Catedral, donde comprenderás por qué esta ciudad se encuentra entre las más bellas de Alemania. Simplemente te enamora.

Tanto la Schwabentor como la Martinstor sobrevivieron a las guerras, aunque hubo un momento en que se cuestionó su demolición para adaptarse a los nuevos tiempos y permitir el paso del tranvía. A finales del siglo XIX, el alcalde Otto Winterer casi triplicó la altura, añadió una cubierta historicista de estilo del siglo XV y creó pasajes más amplios para que el tranvía no tuviera que desaparecer.

Donde se encuentran la gobernanza antigua y la nueva

El Antiguo Ayuntamiento alberga actualmente la oficina de turismo y se encuentra junto al Nuevo Ayuntamiento, en la plaza homónima. Estos edificios conectados comparten una pasarela, pero aquí está la curiosidad: el «Nuevo» es en realidad más antiguo que el «Viejo». El ayuntamiento más antiguo de la ciudad, llamado Gerichtslaube, sirvió como Secretaría General en el siglo XIII. En 1944, sufrió un incendio durante la guerra.

Conectado por una pasarela con este palacio renacentista, se encuentra el lugar donde se instaló el Nuevo Ayuntamiento. La encantadora plaza alberga un mercado navideño desde el primer domingo de Adviento hasta el 25 de diciembre. Observe las baldosas del suelo con los escudos de armas de las ciudades hermanas de Friburgo, entre ellas Granada.

El encanto de la plaza rivaliza con el de Münsterplatz. En esta encantadora placita se alza la iglesia gótica Martinskirche junto a los dos ayuntamientos: el antiguo, formado por varias construcciones del siglo XVI que albergan la oficina de turismo, mientras que el actual ayuntamiento ocupa un edificio renacentista reformado a finales del siglo XIX. Aquí se ubicaban antiguamente las dependencias universitarias. Si pasas al mediodía, oirás un carillón que resuena sobre este espacio bullicioso y concurrido, rodeado de terrazas. Una fuente alberga una escultura que representa a Berthold Schwarz, monje franciscano y alquimista a quien se le atribuye la invención de la pólvora, una historia grabada en la base de piedra.

La residencia de Erasmo

A pocos pasos del Alter Rathaus se encuentra la Casa de la Ballena, un palacio renacentista donde vivió Erasmo de Róterdam, como indica una placa conmemorativa. El humanista pasó gran parte de su vida en la vecina Basilea, Suiza, donde se encuentra su tumba.

Paseando por rincones y canales escondidos

La zona donde antiguamente residían los artesanos —diversos gremios, principalmente molineros, curtidores y pescadores— necesitaba agua del río Dreisam. Por ello, se construyó un sofisticado sistema de múltiples canales, dando lugar a los llamados arroyos Bächle, aunque estos canales son mucho más anchos y profundos que los famosos riachuelos de las calles.

Ubicados en las bonitas calles de Fischerau y Gerberau, estos arroyos permanecen hoy rodeados de pintorescas fachadas con ventanas floridas. Las calles medievales esconden sorpresas en cada esquina. Perderse por el centro y caminar sin rumbo es un auténtico placer. Encontrará un mono de piedra con una bola de oro, pequeños canales por donde circula el agua y placas doradas que recuerdan a los judíos que huyeron de la ciudad o fueron deportados a campos de concentración durante el Tercer Reich.

La Fuente del Mono es uno de los lugares más curiosos: una curiosa fuente en la fachada de una orilla que muestra a un mono mordiendo una manzana dorada. Creada por el escultor Friedrich Meinecke en 1905, simboliza cómo el hombre debe morder la manzana amarga, una expresión alemana que significa estar obligado a hacer algo que desagrada. Ubicada en un banco, representa el pago de deudas o la garantía financiera de alguien.

Cerca de la Puerta de Suabia, un laberinto de callejones alberga los cruces más encantadores. Konviktstrasse, una calle medieval donde vivían artesanos, se encuentra entre los lugares más hermosos. Klein Venedig (la Pequeña Venecia) se extiende desde la Puerta de Suabia hasta San Martín, donde nadan cisnes y patos. Cafés, terrazas, galerías de arte y un antiguo molino hacen de esta zona una delicia. La magia pura se apodera de ella al caer la noche.

La montaña panorámica de Schlossberg

Esta montaña boscosa delimita el casco antiguo, y sus habitantes salen a caminar o correr por los numerosos senderos que se encuentran en sus laderas. Los lugares más bellos aguardan en el monte Schlossberg, accesible en funicular en tan solo 3 minutos. Múltiples senderos ofrecen acceso a diferentes miradores para contemplar fantásticas vistas del casco antiguo.

¿Mi recomendación? Subir en funicular y luego descender tranquilamente a pie para disfrutar de las mejores panorámicas de la ciudad. Las vistas desde el Monte del Palacio (su nombre se debe al lugar elegido por la dinastía suaba alrededor del año 1000 para construir un palacio) son ideales al atardecer. En verano, hay un biergarten para contemplar la puesta de sol desde este privilegiado balcón sobre la ciudad.

Además de llegar a pie, el funicular facilita el acceso. Abundan las rutas de senderismo y los senderos por la naturaleza en estado puro. Como mencioné al principio, esta es la ciudad verde de Alemania y la puerta de entrada a la mágica Selva Negra.

Sustento e inmersión cultural

Recomendaciones culinarias por toda la ciudad

La ciudad está repleta de restaurantes. Si buscas un lugar para comer comida típica regional a precios razonables en Friburgo, te recomiendo Ganter Brauereiausschank. Este establecimiento en la Plaza de la Catedral (Münsterplatz) sirve especialidades alemanas en un ambiente tradicional de cervecería: una excelente opción para comer en el centro histórico.

Al ser una ciudad universitaria, encontrarás numerosos restaurantes de todos los precios, incluyendo comida rápida. Para algo más típico y local, visita el mercado cubierto de Friburgo, el Markthalle Freiburg. Cosmopolita y multicultural, es posible degustar platos de todo el mundo, siempre acompañados de cerveza alemana. Confieso que no puedo resistirme al rico apfelstrudel, la tradicional tarta de manzana de Austria y el sur de Alemania.

El Museo Agustino: Patrimonio Artístico Preservado

El museo más importante ocupa el antiguo monasterio agustino, de ahí su nombre. Este convento del siglo XIII albergó a monjes de la orden religiosa. Hoy en día, es un espacioso museo con una colección de arte que abarca desde la época medieval hasta el barroco, incluyendo vidrieras y gárgolas de la catedral de Friburgo. La entrada cuesta 7 euros.

La cultura se concentra en interesantes museos: el Art Nouveau Adelhauser, el Arqueológico Colombischlössle y el de Historia de la Ciudad. Pero el más sorprendente sigue siendo el Museo Agustino con su magnífico envoltorio: el antiguo monasterio del siglo XIII reformado y ampliado siguiendo los cánones modernos por el arquitecto Christoph Mäckler. La impresionante colección de arte sacro abarca desde la Edad Media hasta el Barroco, con singulares muestras del siglo XIX.

Muy cerca del museo se encuentra el antiguo barrio de los Caracoles (Schneckenvorstadt). Las calles de Gerberau y Fischerau se disputan el honor de poseer los rincones más encantadores. Pequeñas y originales galerías de arte, terrazas y tiendas de artesanía tientan a cada transeúnte.

Adentrándose en la mítica Selva Negra

La Alta Selva Negra: territorio del reloj de cuco

Tras dejar Friburgo, disfrutando del sol otoñal, nos desplazamos al territorio del llamado reloj de cuco. Si bien este no fue el primer lugar donde se empezó a fabricar este objeto, sí fue donde más se popularizó. Menos de una hora en coche separa ambos enclaves, pero el contraste es intenso: parecen formar parte de mundos diferentes.

El urbanismo en cuadrícula de la ciudad da paso a carreteras serpenteantes flanqueadas por altas montañas, densos bosques, casas rurales y pintorescas iglesias que provocan elogios a cada paso. Los pueblos se asemejan a gigantescos portales de nacimiento: arroyos y humo de chimenea completan una imagen digna del pintor alemán Wilhelm Hasemann, cuyo pincel inmortalizó los paisajes y la vida sencilla de la Selva Negra a finales del siglo XIX. El Museo Agustino exhibe sus obras.

En el corazón de la región, la excelencia diaria y el entusiasmo de los habitantes por sus tareas particulares merecen una mención especial. Peter Eckhardt, artesano del vidrio cuyas manos producen una exquisita simplicidad en piezas únicas —formas frágiles y colores que se equilibran desde el techo de su taller-tienda, Glaskunst Altglashütten (www.schwarzwaldglas.de)— concentra la fusión del vidrio a más de 1500 °C. Ofreciendo resistencia a estrellas, ángeles, copas y collares, las demostraciones en vivo comparten protagonismo con la naturaleza que se vislumbra a través del escaparate del taller.

La máxima expresión se alcanza en el monte Feldberg, a casi mil quinientos metros de altura, en honor a la cumbre más alta de la Selva Negra. Las vistas desde la cima, a la que se accede mediante el teleférico Feldbergbahn (los atletas pueden subir a pie), son magníficas. Dentro de la torre de vigilancia que corona el monte se encuentra una interesante sala dedicada al jamón ahumado, un producto típico de la zona.

Con la respiración bien cargada, descendemos poco a poco, intentando conservar las múltiples tonalidades verdes el mayor tiempo posible. Este color verde acompaña las faldas de Feldberg, donde justo debajo se encuentra la cascada Menzenschwand: una serie de saltos de agua a los que se accede sin dificultad gracias a cómodas escaleras en los tramos más empinados. La pequeña ruta que lleva a la catarata puede comenzar en el Café Zum Kuckuck. De camino, recomendamos degustar un café y la famosa tarta Selva Negra. Este acogedor local basa su cocina en productos de temporada y recetas tradicionales, decorada con esmero por sus propietarios, que hacen que los clientes se sientan como en casa.

Como se mencionó anteriormente, el respeto por la naturaleza como un valor intrínseco entre los habitantes de la región se percibe incluso en el Club de Golf Hochschwarzwald. Este campo de 9+6 hoyos respeta y protege los biotopos, mientras que las ondulaciones del terreno se combinan con zonas donde las plantas autóctonas crecen libremente y los árboles observan el entorno desde alturas privilegiadas.

Un relajante paseo por el lago Titisee y los valles y pueblos que rodean Feldberg merece la pena reservar días para disfrutarlo sin prisas. Los lagos Titisee y Schluchsee, las visitas a talleres de relojes de cuco y la imponente iglesia de la ciudad balneario de St. Blasien invitan a explorarlos.

Las tranquilas aguas del lago Titisee invitan a realizar excursiones en barco que recorren todo su perímetro. Incluso nos atrevimos a navegar en canoa: en su punto más ancho, alcanza los dos kilómetros, lo que permite hacer ejercicio mientras admiramos la naturaleza circundante. Los edificios que salpican las orillas incluyen hoteles, un pequeño palacio, zonas de acampada y senderos para rutas a pie o en bicicleta. Tanto lugareños como turistas se reúnen en los lugares donde zarpan las embarcaciones desde el pueblo de Titisee-Neustadt, que cuenta con diversos establecimientos turísticos, restaurantes, tiendas y una oficina de turismo.

Es interesante acercarse al taller-tienda de relojes de cuco de la familia Drubba, quienes también gestionan el barco turístico del lago y el hotel boutique Alemannenhof. Estas pequeñas joyas son fruto de la paciencia de los artesanos, que tardan más de dos meses en fabricarse. Se encuentran entre los souvenirs más demandados de la región.

Una visita espiritual a San Blasien

Dejé la visita más espiritual para el final. Se trata de la iglesia de San Blas, un templo barroco de impresionantes dimensiones que sorprende por la ausencia de decoración y la blancura de su interior, en contraste con la oscuridad y el recogimiento típicos de estos espacios.

Después de días disfrutando del contacto con la naturaleza y la calidad humana de sus habitantes, despedirnos de la Alta Selva Negra se nos hace difícil. Tendremos cuidado de no meter los pies en esos canales de Friburgo, ¡para tener el regreso asegurado!

Excursiones regionales que vale la pena planificar

Como entrada a la mítica Selva Negra alemana, recomiendo visitar el precioso lago Titisee, muy cerca de Friburgo. Triberg, el pueblo del reloj de cuco, y Gengenbach ofrecen diversas opciones para explorar esta hermosa región alemana. Echa un vistazo a las excursiones desde Friburgo a Titisee y Triberg; te encantarán. En invierno, rodeado de nieve, o en verano, cuando es posible bañarse en el lago mientras se disfruta de las vistas desde una terraza: ¡maravilloso!

Las horas de sol que recibe Friburgo, su acogedor ambiente juvenil, la frondosa vegetación, las calles adoquinadas y las fuentes, las fachadas de casas y palacios, las casas con estructura de madera que muestran el estatus de sus antiguos propietarios, los mosaicos de guijarros del Rin formados en las calles pavimentadas… reliquias que te transportan por las calles empanadas hasta la Plaza de la Catedral. Cada edificio llama la atención. La armonía, la serenidad y la sabiduría de los longevos centros urbanos, centrados en el bienestar ambiental y la sostenibilidad para el bienestar de sus habitantes, crean una agradable escapada germánica.

La vida en la provincia de la Alta Selva Negra, con su mítica y fascinante región, ofrece un enclave privilegiado para una escapada inolvidable. Descubrirá por qué los hermanos Grimm se inspiraron en estos territorios: el encanto medieval se fusiona con la vanguardia contemporánea del siglo XXI en instalaciones ambientales. Observar las suntuosas fachadas que exhiben la riqueza de los antiguos propietarios, la estructura común de las casas de madera donde era común hacer pequeñas fogatas que requerían los pequeños cortafuegos que proporcionaba el Bächle, es como vivir la historia de la ciudad fundada en el siglo XIII por los duques de Zähringen. De 1388 a 1805, perteneció a la Austria de los Habsburgo.

Pasear sin rumbo se convierte en un placer. Los perros aprovechan para refrescarse en aguas cristalinas: estas delicias infantiles creadas por jóvenes traviesos. La tradición dicta: introduce tu pie, regresa a este lugar y contrae matrimonio con una persona autóctona.

Pagar la entrada, subir sin ascensor, experimentar el repique de campanas que sobrevivieron milagrosamente, asistir a animados mercados que han perdurado durante siglos: estas experiencias le esperan. La impresionante colección, que abarca desde la época medieval hasta muestras singulares, fomenta la comprensión. Observadores y admiradores acuden a ver lo que la historia ha tallado en las bases de piedra.

El tranvía casi provocó su demolición. La pregunta sobre si debían adaptarse o conservarse generó debate. Aumentar la altura, añadir techos de estilo historicista, ampliar los pasajes: estas soluciones evitaron la desaparición.

Desde las montañas, observar los edificios de la ciudad, maravillarse con completos desayunos buffet, encontrar excelentes comunicaciones en ubicaciones céntricas: este viaje por el suroeste de Baden-Württemberg hasta las fonteras resulta memorable. Compra de billetes en línea, horarios de frecuencia, comprar en máquinas, usar tarjetas o efectivo: los detalles prácticos son importantes para vuelos o conexiones de tren de dos horas a Barcelona.

Habitaciones Sisne, consejos para viajeros, experiencias para huéspedes en barrios periféricos, cervecerías tradicionales al aire libre contemplando puestas de sol, senderos en plena naturaleza, barcos operados por sus propietarios y establecimientos boutique: estos detalles auténticos distinguen las visitas.

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